jueves, 27 de marzo de 2008

Textos escritos a partir de la lectura de "El hombre que mira" de Esteban Valentino




Ella estaba sentada frente a la ventana que da al campo florecido de rosas de cobre, cuando de pronto un frío eléctrico le subió por los pies y le produjo una angustia en la boca del estómago.


El pánico la invadió al escuchar un estruendoso ruido en la cocina situada en la planta baja.


El pacífico campo florecido se transformaba en sugerentes y tenebrosas sombras en su mente.


Bajó como una flecha del ventanal a la cocina. Encontró el vidrio de la ventana reducido a pequeñísimos cristales brillantes en el piso.


Corrió a un armario, se encerró y se quedó dormida.


Despertó un par de horas más tarde. Los ruidos habían cesado. Respiró hondo y salió. El vidrio estaba recompuesto y la ventana cerrada.


La casa, antes sucia y desordenada, brillaba por su limpieza y orden.

Nunca lo supo explicar.



Ezequiel Levin y Damián Nechaevsky


"El principio del fin"



Volumen 1



En un futuro inesperado y sombrío, ya que el sol se apagó y los humanos perecieron, los robots creados por aquellos tomaron el contro de los restos decadentes de la sociedad y emergieron como la nueva raza dominante.


Los robots compartían extrañas similitudes con la ya extinta raza humana. Una robot en especial tenía un software que le permitía sentir y experimentaba un interés por las flores, así que creó algunas florcitas de cobre.


Un día ella estaba sentada frente a la ventana que da al campo florecido de rosas de cobre, cuando de pronto un frío eléctrico le subió por los pies y le produjo una descarga de angustia en la CPU. En ese momento se dio cuenta de que todas las flores se estaban oxidando y entendió que todo debe cumplir el ciclo natural de nacer, vivir y morir.


Sebastián Torres y Santiago Princ






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