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miércoles, 3 de junio de 2009

Carta de Orestes dirigida a su padre.


Querido padre:
Te escribo aquí para decirte que he cumplido con el mandato de Apolo, he vengado tu muerte asesinando a quienes te han enviado al Hades.
En el momento en que asesiné a Clitemenestra sentí una rara angustia, ya que ella era mi madre, pero al recordar en lo que te hizo a tí y cómo ha tratado a mi hermana Electra todo este tiempo no lo pensé dos veces.
Electra ya no anda derramando sus lágrimas por todo el palacio, ya que siente que con mi llegada todas las desgracias han pasado.
Le pido a los Dioses del Olimpo que así sea y que podamos vivir en paz aquí hasta el momento en que nos reencontremos en el Hades.
Para nosotros, tu eres nuestro noble rey padre, cuidaré bien del trono.
Orestes

domingo, 10 de agosto de 2008

Dr. Feige y Mr. Fat (by Michelle Gualda)

Otro día de julio comenzaba con esas horribles convulsiones que torturaban su frágil y ahora vulnerable cuerpo. Los espasmos que sacudían sus huesos mientras yacían calmos en la cama, le quitaban las ganas de vivir. Las ganas de vivir, algo tan de ella, sonaba casi irónico. La transformación estaba comenzando. Poco a poco su contextura cambiaría tan bruscamente que no le daría tiempo ni para arrepentirse. ansformacion estaba comenzando. pocom ronicoan calmos en la cama le quitaban las ganas de vivir. e cuerpo. su cabello rubio se tornaría gris, toda ella se tornaria gris, como la desesperanza. La ventana de su alma, sus ojos, tomarian un color ocre rojizo, deseosos de ver sangre, dolor, pena. Su voz siempre dulce emitiría sonidos rasposos, plagados de dolor. Bajaria las escaleras a un paso lento, pesado, uno que diferiria tanto de su peculiar andar original, un andar que hasta bailarinas profesionales envidiarian, ligero como el viento. Se miraría al espejo, gris, desesperanzada, su carácter exaltado, casi extsiado habia quedado en su otro yo. veria su reflejo, no tan suyo, de baja estatura, gorda, hasta llegar al punto de la obesidad. Su belleza se habria extinguido. Tal vez por unas horas, tal vez para siempre. caminaria hacia la despensa. Lentamente, centímetro por centímetro, miraria ess manos arrugadas, manchadas y de piel curtida. Esas manos asperas, de herrero. Esas manos que olian a sucio, a viejo, a humedad. Esas manos que no eran suyas, que sostenian al pecado y a la salvacion. El dulce, tan dulce arsenico que acabaria con su dolor de una vez por todas. Alejaría la botella de si, temerosa. Se odiaria como todas las noches, en una eterna rutina, por ser tan cobarde. Se sentaria en su cuarto, oscuro, a esperar el milagro.